La suspensión de la consulta que el Partido de la Liberación Dominicana tenía programada para el 18 de octubre representa otro reto en su esfuerzo por recuperar espacio electoral con miras a las elecciones de 2028.
El anuncio difícilmente podía sorprender por completo. La organización de la jornada había atravesado diferencias con la Junta Central Electoral, cuestionamientos judiciales y controversias sobre el padrón. Demasiados asuntos pendientes para un proceso que, además de medir simpatías, debía contribuir a fortalecer al partido.
Conviene precisar el alcance de lo ocurrido en los tribunales. El PLD obtuvo decisiones procesales favorables frente a acciones que procuraban impedir la consulta. Sin embargo, declarar inadmisible una impugnación o un amparo no equivale a establecer que el mecanismo cumple con la legislación electoral. El partido pudo interpretar esos fallos como un alivio, pero atribuirles una validación definitiva de la consulta sería ir más lejos de lo que resolvieron.
La Junta, por su parte, sostuvo que una actividad de esa naturaleza no estaba permitida en la etapa actual del calendario electoral. Según la comunicación reseñada por El Día, autorizó 500 equipos para capacitación y fortalecimiento institucional, pero rechazó otros 1,800 solicitados para la consulta.
La insuficiencia de equipos podía hacer inviable el modelo aprobado. Lo que resulta menos convincente es que una dificultad conocida terminara obligando a cancelar la jornada cuando faltaban apenas unas semanas. Si la disponibilidad de las máquinas era indispensable, asegurarla debía formar parte de las primeras decisiones del proceso.

Esa circunstancia alimenta suspicacias
En términos políticos, entiendo que la suspensión ofrece una oportunidad a Francisco Javier García y Francisco Domínguez Brito, mientras priva a Gonzalo Castillo de una ocasión cercana para medir y eventualmente consolidar su ventaja. .
El tiempo adicional puede reducir la distancia, entre los contendores. Los aspirantes tendrán ocasión de reorganizar sus equipos, ampliar sus contactos y mejorar la manera de presentar sus propuestas. La escogencia formal de la candidatura corresponde a 2027; por tanto, lo que se abre ahora es un período más prolongado de competencia, cuyo desenlace dependerá de cómo lo aproveche cada cual.
Como dice el refrán, quien tenga más saliva comerá más hojaldre. Aunque, en política, también cuentan la constancia, la organización y la capacidad de escuchar.
A mi juicio, García y Domínguez Brito pueden beneficiarse de una competencia más larga por su disposición al contacto directo y por el énfasis que colocan en el discurso y las propuestas. Tienen la oportunidad de convertir esos esfuerzos en una relación más amplia con las bases y, posteriormente, con el electorado nacional. Para ellos, la demora puede ser una ocasión de crecimiento.
Gonzalo enfrenta un desafío diferente. Su figura resulta cercana a sectores que valoran su espontaneidad y esa manera sencilla, a veces casi ingenua, de desenvolverse. Esa simpatía constituye un recurso político considerable. Sin embargo, su discurso necesita mayor contenido y sus propuestas deben alcanzar una presencia más clara en la conversación pública.
Su proyecto cuenta con dirigentes de primera línea, pero el trabajo de esos colaboradores requiere una presencia personal más sostenida del aspirante. El respaldo organizado ayuda; la relación que el candidato construye directamente con la gente tiene un valor propio.
La otra parte del reto corresponde a la dirección política del PLD. Su responsabilidad es establecer reglas claras, explicar las decisiones y ofrecer garantías de un trato equilibrado a todos los aspirantes. La unidad se fortalece cuando los participantes pueden confiar en los procedimientos, incluso si los resultados les son adversos.


