Los resultados de la reciente asamblea institucional del Partido Revolucionario Moderno muestran una organización fortalecida, al menos desde el punto de vista de su estructura interna. Sus principales corrientes alcanzaron acuerdos que les garantizan una representación importante en el máximo organismo de dirección, evitando, por ahora, esas heridas que suelen aparecer cuando muchos quieren sentarse y las sillas resultan insuficientes.
La elección del presidente Luis Abinader al frente del PRM representa una señal de estabilidad y, sobre todo, una garantía para el proceso de selección de su candidato presidencial con miras a las elecciones de 2028.
Abinader no será candidato y, por tanto, tendrá la responsabilidad de actuar como árbitro de una competencia en la que difícilmente alguno de los aspirantes se aventurará a acusarlo de favorecer abiertamente a uno de ellos. Otra cosa son las simpatías personales, porque hasta los árbitros tienen amigos, pero deberán quedarse guardadas en el bolsillo presidencial.
Al PRM le corresponde mantener esas expectativas y proyectar un proceso transparente, sin grandes sobresaltos ni cuestionamientos que amenacen su unidad.
Hasta ahora, la competencia parece concentrada entre David Collado y Carolina Mejía. Sin embargo, algunos recomiendan no perder de vista a Wellington Arnaud, director ejecutivo del Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados. En política, quien aparece tercero en la fotografía puede terminar cruzando primero la meta si los favoritos se desgastan peleando entre ellos.
Pero las mayores preocupaciones políticas parecen estar en la acera del frente, específicamente en el opositor Partido de la Liberación Dominicana.
Alrededor del PLD circulan versiones, sospechas y supuestas parcializaciones. También se cuestiona el proceso de consulta previsto para octubre, mediante el cual la organización espera escoger provisionalmente a su candidato presidencial, quien posteriormente tendría que ser ratificado por una convención de delegados.
Será una especie de primaria cerrada en la que participarían los miembros del partido morado y ciudadanos independientes que no estén inscritos en el padrón de otra organización política.
En el PLD suenan con mayor fuerza Gonzalo Castillo y Francisco Javier García. Buena parte de la dirigencia ya ha tomado partido por uno o por otro, aunque permanece pendiente la decisión de Abel Martínez.
El exalcalde de Santiago y expresidente de la Cámara de Diputados mantiene, como se dice popularmente, un pie dentro y otro fuera del proceso. Aunque todavía no se ha inscrito formalmente, tampoco descarta presentarse ante la asamblea que deberá refrendar al seleccionado en octubre. Y cuando un aspirante no entra, pero tampoco termina de salir, las calculadoras comienzan a echar humo.
La situación es complicada desde cualquier ángulo
El desafío principal recae sobre el expresidente Danilo Medina, líder de la organización, quien tiene sobre sus hombros la difícil misión de evitar que la competencia interna termine abriendo otra grieta en un partido que todavía intenta recuperarse de las derrotas electorales y de la salida de dirigentes importantes.
Escoger al candidato será la parte rutinaria. Lo verdaderamente difícil comenzará después.
¿Se garantizará la unidad? ¿Los derrotados reconocerán los resultados y se integrarán plenamente a la campaña? ¿Mantendrán el mismo entusiasmo quienes ahora recorren el país promoviendo sus propias aspiraciones?
En el PLD esas respuestas nunca llegan por adelantado. La organización está activa y sus aspirantes también, pero falta comprobar si quienes pierdan conservarán los mismos bríos cuando les corresponda levantarle la mano al ganador.
