¡Ya es un hecho! Luis Abinader asume la presidencia del Partido Revolucionario Moderno (PRM), y con ella no recibe solamente un cargo partidario; recibe una organización en el poder, pero con una parte importante de sus bases fuera del Gobierno que ayudaron a construir. Ahí comienza el verdadero desafío, porque una cosa es ser presidente de la República y otra muy distinta es presidir un partido político cargando sobre los hombros las heridas, frustraciones, reclamos y decepciones de miles y miles de dirigentes que lucharon durante años para llevar al PRM y a Luis Abinader al Palacio Nacional.
Ahora le tocará poner la mirada hacia abajo, tendrá que mirar a los ojos a aquellos compañeros que estuvieron cuando no había poder, cargos, privilegios ni Palacio; cuando defender al PRM costaba sacrificios, persecuciones, recursos, tiempo y hasta enfrentamientos familiares y personales. Muchos de ellos fueron abandonados. Mientras más se acerque el 2028 y se acorte el tiempo de Luis Abinader en la Presidencia de la República, mayor será el peso político y emocional de una dirigencia que, en gran medida, se siente desamparada, olvidada, menospreciada, marginada y traicionada.
El cambio llegó al Palacio, pero para muchos perremeístas nunca llegó a sus vidas. Esa es una verdad dolorosa que el presidente Luis Abinader tendrá que enfrentar desde la presidencia del PRM, porque las heridas políticas no desaparecen ignorándolas, las frustraciones no se resuelven con discursos y la lealtad de una militancia no puede reclamarse eternamente cuando esa militancia siente que entregó todo y recibió indiferencia.

El tiempo de las excusas ya se terminó
Pero deberá hacerlo rápido, porque el reloj político ya comenzó su cuenta regresiva hacia el 2028 y no se detiene. Cuando el poder comienza a despedirse, aparecen verdades que durante años los aplausos del Palacio no permitieron escuchar.


