El PRM, al seleccionar a Luis Abinader como su presidente para el período 2026-2030, está en un momento casi parecido, en términos históricos, a aquel en que ganó su primera elección presidencial.
Y tenemos que reconocer que la selección ha sido una decisión sumamente inteligente, dado que la estructura partidaria parecía carecer de un árbitro legítimo —lobo alfa—, de un juez interno con autoridad moral y peso político suficientes para ordenar las aspiraciones, contener las tensiones y garantizar que el proceso de 2027 y 2028 no derive en fracturas.
La conformación de una plancha unitaria, se debe admitir, no fue accidental: es el resultado de un proceso en el que, uno por uno, los posibles moderadores han quedado descartados.
Hipólito Mejía, por ejemplo, no podía asumir ese rol. Su inclinación natural hacia su hija Carolina Mejía, de cuya campaña es el jefe, lo invalidaba como figura neutral. Porque no se puede arbitrar donde existe interés directo.
Otro caso es el de la vicepresidenta Raquel Peña; ella misma se descartó al mostrar interés en aspirar. Un árbitro no puede ser jugador. Y, si seguimos enumerando nombres dentro del PRM, la conclusión es la misma: no había nadie con el peso político, ético y moral necesario para ejercer la función de moderador interno.

La estructura no tiene una figura que pueda equilibrar sin ser percibida como parcial.
En ese vacío, el único con legitimidad suficiente para asumir la conducción del partido era Luis Abinader. No solamente porque es presidente de la República, sino porque desde esa posición ejecutiva influye de manera determinante en la cohesión del PRM.
La experiencia histórica confirma que, en momentos de competencia interna, el presidente se convierte, de manera natural, en el líder del partido.
No es una teoría; es una práctica política comprobada.
Quiero contarle esta anécdota: en una ocasión, por experiencia hablo y hay testigos vivos para afirmar o desmentir, en el edificio del Canal 6, le pregunté a Hatuey De Camps (EPD) por qué no se mantuvo como árbitro para armonizar las aspiraciones de Fello Suberví (EPD), Milagros Ortiz Bosch, Ramón Alburquerque (EPD), Esquea Guerrero, Rafael Abinader (EPD) y otros dirigentes.
Su respuesta fue directa: «Lo que sucede es que el presidente de la República se convierte directamente en el líder del partido».
Esa frase sintetiza una gran verdad: el liderazgo presidencial no es opcional; es inherente al sistema de partidos políticos. La autoridad del Ejecutivo se proyecta inevitablemente sobre la organización partidaria, y esa proyección se convierte en el principal mecanismo de cohesión.
Por eso, Abinader no solo debe ejercer la Presidencia del PRM; también debe asumir formalmente el liderazgo absoluto del PRM. No para controlar, sino para ordenar. Tampoco para imponer, sino para armonizar.
La historia del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), nuestro último precedente, debe servir como referencia. Las diferencias internas y las luchas por el liderazgo terminaron generando fricciones que lo debilitaron y contribuyeron a su salida del gobierno. La falta de conducción institucional fue el factor decisivo de su deterioro y fracaso.
Tenemos que recordar el caso del siempre bien querido líder, doctor Peña Gómez (EPD). Su liderazgo moral y político fue extraordinario, pero la ausencia de tener el poder ejecutivo limitó su capacidad de ejercer una conducción partidaria plena. No es un juicio sobre su figura, sino una constatación de cómo opera el sistema dominicano: la autoridad presidencial es el elemento que permite ordenar, arbitrar y estabilizar. Esa es la ventaja que Abinader sí posee y que no debe desaprovechar.
Luis Abinader tampoco podía repetir el error de Hipólito Mejía, quien, después de ejercer la Presidencia de la República, no logró mantener una conducción partidaria capaz de evitar las fracturas internas que posteriormente afectaron al PRD.
El PRM tiene una oportunidad histórica diferente. Abinader puede utilizar su liderazgo para fortalecer la organización, ordenar la sucesión, reducir las tensiones internas y garantizar que el partido pueda mantenerse en el poder más allá de su propia gestión.
Aunque la dirección del PRM está en su proceso, todavía debe ir armonizando las direcciones ejecutivas: provinciales, municipales y de seccionales en el exterior, con el objetivo de mantener su actual estructura, una continuidad que, de por sí misma, no basta para enfrentar el ciclo político que se aproxima a partir de 2027.
El partido necesita, ahora más que nunca, colocar en posiciones estratégicas a personas con altos perfiles, solvencia ética y capacidad técnica para defender las obras de gobierno y, desde la estructura partidaria, en diferentes localidades, sumar las fuerzas reales para no permitir que los grupos internos que auspician aspirantes la sustituyan.
En todo el país se debe conformar la vocería y articular alianzas, no solamente para administrar cargos, sino para que la estabilidad del partido funcione como una estructura lineal y no como un conjunto de grupos dispersos.
Pensando más allá de lo normal, si en algún momento se plantea —algo muy difícil— un debate institucional sobre una modificación constitucional, la razón sería garantizar la continuidad del PRM en el poder mediante la candidatura de Luis Abinader en 2028. No como un acto de ambición personal, sino como una estrategia de estabilidad partidaria y continuidad programática.
Ahora bien, la responsabilidad histórica de Luis Abinader no termina con la administración del Estado. También está en garantizar que el partido que lo llevó al poder tenga la madurez, la organización y la conducción necesarias para preservar su permanencia en el gobierno.
El PRM necesita una dirección centralizada. Y eso solo puede venir de quien tiene la legitimidad, la autoridad y la responsabilidad histórica para ejercerla.
Por tanto, Luis Abinader debe asumir el papel que la historia le ha reservado de líder y convertirse en el instrumento de un destino político que exige un liderazgo responsable y compromisario, con visión histórica para mantener su obra más allá de una presidencia.


